Derechos Humanos
Carlos Enrique Valles GonzálezEn la antigua Grecia, y quizás en su punto más alto con Pericles, se gozó de una democracia imperfecta y fugaz, que, sin embargo, hoy en día sigue siendo uno de los referentes culturales y civilizatorios occidentales más recurrentes, al momento de organizar nuestras sociedades. Su imperfección radicó en varios puntos, pero el principal, fue definitivamente su pobre inclusión. Si se analiza a fondo, aunque su ideario se sostenía en la participación del demos o del pueblo en los asuntos públicos, la verdad es que su praxis se caracterizó más por la exclusión, pues en la democracia griega solo podía participar el ciudadano: el hombre libre propietario de bienes, y que por derecho de sangre, tenía la facultad de participar en los asuntos públicos de la polis.
Este artículo propone el inicio de la construcción de la siguiente tesis: la exclusión original encontrada en la democracia griega, sigue ocurriendo de manera factual en la actualidad. Las diferentes lógicas de exclusión no han desaparecido, y solo se han transformado. “Han mutado”, sobre todo discursivamente. Se han enquistado en una amplia parte de nuestras sociedades modernas. En su mayoría, en la clase social asalariada precarizada en situación de pobreza y pobreza extrema, que conforma un apartado social sin lugar propio dentro del cuerpo social deliberativo. Esto debido a que, aunque formalmente se le considere parte de la ciudadanía, en realidad es una “proto ciudadanía” que pareciera no alcanzar a gozar la práctica de la participación colectiva-deliberativa en las nuevas polis. Proto ciudadanía que se ve constantemente acosada por discursos de exclusión, compra de voto, apatía, desconfianza, desinterés por la participación y la política en general.
Es preciso recordar que, dentro de la democracia griega, se encontraban excluidas para participar las mujeres, los metecos o extranjeros, y los esclavos. Actualmente, esta exclusión triádica se reproduce en una gran parte del asalariado precarizado moderno, y sigue teniendo que ver con la posesión de bienes. Primero, en la antigua Grecia, la mujer era excluida de la participación política y del voto, debido a que se le consideraba poco instruida en el arte de la palabra o el diálogo. Así como también era considerada no apta para el combate y defensa física de la polis. Se le negaba en gran parte su participación por la falta de acervo, de capacidad o educación política, es decir, por la falta de un bien al estilo de un capital intelectual, al que solo tenía acceso una parte de los hombres de determinada sociedad. De la misma manera, hoy en día, una gran parte de la población asalariada es acosada y excluida por discursos clasistas que afirman que su falta de preparación, su carencia de capital intelectual y cultural, o simplemente su poca escolaridad, es motivo para que esta parte de la población no deba tener derecho a votar, o al menos de opinar, o hasta participar en la política, dado su supuesto poco conocimiento de cómo funciona el gobierno, los mercados, la economía, etc.
En segundo y tercer lugar, encontramos a los esclavos y extranjeros, exclusiones que actualmente se producen en una dimensión que no es jurídica (como la libertad física), ni geográfica, sino en ambos casos por la dimensión temporal (el tiempo como bien o recurso). En otras palabras, por el costo de la ciudadanía, tomando el tiempo de vida como un bien o capital, que se debe invertir justo para poder gozar de los beneficios democráticos y participativos (y no solo formales) de la misma ciudadanía.
Tiempo después de la mencionada ciudadanía griega, durante el siglo XVIII, XIX y parte del XX, un gran debate acontecía en el terreno de la economía política clásica. Por un lado, se encontraban teóricos socialistas, y por el otro, la escuela austriaca liberal. Dicho debate giraba en torno a si en las fórmulas generales para calcular el valor de una mercancía, en las teorías objetivas de valor-trabajo, se debía incluir el tiempo transcurrido desde la fabricación de la mercancía hasta su venta, como una variable para realizar los cálculos que pudieran dar brújula sobre el misterio de por qué las mercancías valen lo que valen.
Hoy en día, podríamos trasladar ese debate al hecho de si el tiempo podría ser una variable de peso en el valor o, dicho de otra forma, en lo que cuesta ser un ciudadano o ciudadana. Desde luego, el tiempo es una variable que es partícipe, puesto que para ser ciudadano o ciudadana se requiere que una persona tenga una edad mínima. Pero el tiempo al que este artículo se refiere, tiene que ver más con el tiempo como recurso, bien o propiedad, que una persona posee para invertir en actividades de orden político, que se traduce a inversión en la participación deliberativa en los asuntos de la polis y, desde luego, en la ciudadanía misma. El tiempo termina por ser un recurso necesario para ejercer la ciudadanía.
Como ejemplo del valor del tiempo, y de regreso a la antigua Grecia, los épicos debates en el ágora griega y el fervor de su ciudadanía participativa, la alta cultura representada en las obras de los teatros, las olimpiadas y el gran avance de la elevada filosofía, sólo era posible gracias a que los esclavos trabajaban como “maquinaria humana” para producir lo materialmente necesario. Así, los filósofos, amos y gobernantes podrían disponer del tiempo libre para generar tales obras de la cultura humana. De la misma forma, el asalariado en la democracia de la época industrial gastaba su vida en la fábrica, el campesino en el campo, generando con ello, el tiempo libre para los señores que comenzaban a crear los clubes de política y disputarse “la corona del mundo”.
La exclusión en la antigua Grecia comenzaba con la propiedad de bienes, pues, por ejemplo, el esclavo no podía ser ciudadano ni participar en la deliberación colectiva, debido a que no era dueño ni de su propia persona. Aunque actualmente las personas ya no pueden ser sometidas a la esclavitud de aquellas épocas, puesto que se cuenta con una serie de libertades jurídicas, lo cierto es que aún existe una serie de limitantes materiales que reproducen la exclusión que existía en la antigua Grecia, aunque en otros términos y dimensiones. La verdad es que una gran parte de la población moderna en nuestro país, no tiene el tiempo suficiente para participar en la democracia, en la política, en el ejercicio de una ciudadanía o en los asuntos deliberativos. No son dueños de su propio tiempo como un bien, pues gran parte del día del asalariado moderno pertenece a sus patrones, a las largas horas de traslado entre su casa y el área de trabajo, al descanso después de agotadoras jornadas laborales, al poco espacio que pueden crearse para actividades recreativas, etc. Para muestra, “los mercados no descansan”. No es secreto que, en los domingos electorales en nuestro país, aunque sean días de descanso obligatorio, existe un ejército de personal, trabajadores y trabajadoras que operan para que todo funcione incluso en esa fecha especial. Conductores de transporte público, personal de tiendas comerciales, supermercados, fábricas y trabajo informal, suelen ser quienes no acuden a votar porque su trabajo no se los permite, o incluso porque se les niega el permiso para ausentarse para ejercer tal derecho. Esto sumado muchas veces a las grandes distancias por recorrer hasta su casilla y, sobre todo, a la falta de tiempo no solo para asistir a votar, sino también para inmiscuirse en el fenómeno electoral, desde la selección de candidatos y candidatas al análisis de sus propuestas. Durante las jornadas electorales, las personas que por estas circunstancias no pueden asistir a votar, de cierta forma, terminan por reproducir la posición de exclusión del antiguo esclavo. Durante las ocho horas de su jornada laboral, desde un punto de vista radical, “no son dueños de su propia persona”.
El asalariado, como nueva identidad que ha remplazado al esclavo, ha sido incluido como persona libre a nivel formal, pero a nivel material, pese a que ya es dueño de su libertad, en cierto sentido, sólo es dueño parcial de su tiempo. Lo paradójico es que, aunque es libre para utilizar su tiempo en lo que desee, no puede utilizarlo de la misma forma que otras clases sociales, porque debe dedicarlo principalmente a generar un salario que garantice medianamente sus condiciones de subsistencia. Es posible decir que existen personas para las que el voto y su participación, más que un derecho, termina siendo un lujo que lamentablemente no se pueden permitir.
Continuando con el tema de la exclusión, en la antigua Grecia tampoco podían votar los extranjeros, también conocidos como metecos o xenos. Su exclusión se basaba en que eran ajenos a la polis, personas que habían nacido en otros lados, en otras culturas fuera de la griega. Muchas veces hablaban otra lengua y tenían otras costumbres y prácticas. Por lo tanto, no podían participar en los asuntos de la sociedad a la que “pertenecían”. En el caso del asalariado moderno, se puede decir que también reproduce una exclusión similar a la del extranjero en Grecia. En un amplio sentido, y adaptado a la actualidad, se puede entender al asalariado moderno como alguien que es igual de “ajeno” a su polis, no en la territorialidad, sino en la “temporalidad”. Es decir, en el poco tiempo que le dedica a decidir sobre su entorno de vida y a vincularse a una cultura y práctica política en la que sea partícipe. Por ejemplo, cuando se habla de algunas tradiciones y prácticas como las tribales, éstas en la actualidad parecen distantes y ajenas, extrañas. Es decir, son elementos de otra procedencia, de otro lugar, época y modo.
Para los asalariados modernos, acostumbrados a un modo de vida precario y “mercantil”, se vuelven de la misma forma (ajenos) los fenómenos públicos, legislativos, deliberativos, así como los asuntos del gobierno. Así, creándose comúnmente una visión de que estos asuntos son costumbres y responsabilidades de los políticos o de terceras personas. El asalariado moderno hereda este “extrañamiento” por la participación, en función de que no es que sea la nacionalidad lo que lo vuelve “extranjero”, si no lo ajeno, lo diferente, lo poco común, lo extraño que le resultan costumbres y prácticas democráticas a las que no está acostumbrado, ni se siente parte o identificado. El asalariado, sumido la mayor parte de su día en una jornada laboral, se puede decir termina siendo “un forastero de su propia vida”, “un extranjero de su propia existencia”, al que le resulta un rito curioso y ajeno el fenómeno electoral, el cual observa de reojo desde lejos, mientras sus verdaderas preocupaciones son su subsistencia y la de su familia. Para ellos, la cultura democrática y el fenómeno electoral, la ciudadanía y la participación, terminan siendo costumbres ajenas, poco ejercidas, poco conocidas, que lo posicionan en el lugar de un extranjero de su propia polis. Asimismo, en cuanto a que le es extraña la política, ésta también es una forastera, una extranjera que pareciera visitarlo sólo en época de campañas electorales, y que al término de éstas, desaparece en un recorrido fugaz.
Desde luego, la problemática que representa la reproducción de este sistema de exclusiones, tanto discursivas como materiales, no tiene una solución inmediata ni única. Representa un reto que debe ser abordado por una serie de profundos y radicales cambios sociales, que permitan a las grandes clases sociales asalariadas disponer de una mayor cantidad y calidad de tiempo, para invertir en el ejercicio de una ciudadanía aplicada a la deliberación individual y colectiva de los asuntos públicos, legislativos y de gobierno. Igualmente, le permita contar con el tiempo como recurso para invertir en su formación y educación, para una cultura democrática que no le sea ajena ni extraña. El asalariado moderno necesita poder invertir tiempo al participar activamente en la toma de decisiones en su área de trabajo, su comunidad, su colonia, en su vida.
Se necesita abordar una “proto ciudadanía” con el tratamiento de una “ciudadanía anticipada”. Es decir, una clase de ciudadanía que se identifique oportunamente como un sector que necesita de un tipo de acciones afirmativas específicas, dado su estado de vulnerabilidad y desigualdad (principalmente económica) respecto a otras partes de la sociedad. Por lo tanto, así anticipar dónde se desarrollarán estas posibles exclusiones, estudiando sus orígenes con la finalidad de que sea posible que la democracia les incluya aún más como sector. De manera metodológica, se podría comenzar con herramientas dirigidas a fomentar una inclusión específica que desencadene procesos más profundos. Actualmente se puede identificar, por ejemplo, aquellos sectores de la sociedad que en el día de las elecciones, por motivos principalmente económicos-laborales, no se presentan a ejercer su voto. Para estos sectores se podría aprovechar la herramienta de un voto anticipado con menores restricciones y requisitos, es decir, amplio y masivo, que funcione como una acción afirmativa y mediadora, redistributiva. Una acción que equilibre y nivele las desigualdades entre este sector y los demás; entendiendo que, muy probablemente, el no ejercicio de su voto esté relacionado con motivos ya mencionados que no le permiten asistir a votar. Por lo tanto, resultaría necesario disminuir este tipo de obstáculos. Con esta herramienta se les daría la oportunidad de votar días antes, incluyéndoles, al menos de momento y de manera formal, en el proceso deliberativo, buscando que esta inclusión vaya aumentando en otras esferas de su radio de acción participativo personal y colectivo.
Por otro lado, además de elevar la participación ciudadana en las elecciones, el uso del voto anticipado para estos sectores, ayudaría a que el sistema electoral no colapse el día de la jornada electoral al encontrarse de repente con una gran cantidad de votos que antes no solían presentarse. En este sentido, el voto anticipado amplio es una gran herramienta para cerrar las brechas de exclusión que se presentan estructuralmente en el diseño de la democracia, desde sus orígenes hasta nuestros días. No es una solución definitiva, pero sin duda, es una herramienta que tiene la potencia de fomentar una mayor inclusión de una gran parte de la sociedad que se encuentra apática, ajena y desconfiada del proceso democrático. El futuro de los procesos electorales quizás se encuentre en la creación de un sistema de votación electrónica anticipada intertemporal, mediante el uso de tecnología de seguridad biométrica desde diferentes ubicaciones. Sea cual sea el rumbo hacia donde avance el modelo, debe incluir indudablemente la opinión de los sectores vulnerables y precarizados, que hoy en día, no tienen las mismas oportunidades de participación.

Carlos Enrique Valles González
Es miembro del Servicio Profesional Electoral Nacional adscrito al área de Educación Cívica del Instituto Estatal Electoral de Aguascalientes desde el año 2017. Llevó a cabo su formación académica en la licenciatura de Ciencias Políticas y Administración Pública en la Universidad Autónoma de Aguascalientes y actualmente es estudiante del Centro de Estudios Filosóficos MX. Cuenta con diferentes cursos y diplomados en materia electoral, historia de la filosofía, historia de la filosofía política y teoría económica. Ha colaborado para diferentes publicaciones entre las que destaca la revista Voz y Voto, publicación especializada en temas electorales. Ha sido invitado a participar activamente en diversos foros, locales y nacionales de su área de especialidad, la educación cívica y la cultura democrática.
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